
La vida está hecha de malentendidos: los solteros y los casados se envidian por razones tristemente imaginarias. Lo mismo ocurre con escritores y periodistas. El fabulador "puro" suele envidiar las energías que el reportero absorbe de la realidad, la forma en que es reconocido por meseros y azafatas, incluso su chaleco de corresponsal de guerra (lleno de bolsas para rollos fotográficos y papeles de emergencia). Por su parte, el curtido periodista suele admirar el lento calvario de los narradores, entre otras cosas porque nunca se sometería a él. Además, está el asunto del prestigio. Dueño del presente, el "líder de opinión" sabe que la posteridad, siempre dramática, preferirá al misántropo que perdió la salud y los nervios al servicio de sus voces interiores.
Aunque el whisky sabe igual en las redacciones que en la casa, quien reparte su escritura entre la verdad y la fantasía suele vivir la experiencia como un conflicto. "Una felicidad es toda la felicidad: dos felicidades no son ninguna felicidad", dice el protagonista de Historia del soldado, la trama de Ramuz que musicalizó Stravinski. El lema se refiere a la imposibilidad de ser leal a dos reinos, pero se aplica a otras tentadoras dualidades, comenzando por las rubias y las morenas y concluyendo por los oficios de reportero y fabulador.
La mayoría de las veces, el escritor de crónicas es un cuentista o un novelista en apuros económicos, alguien que preferiría estar haciendo otra cosa pero necesita un cheque a fin de mes. Son pocos los escritores que, desde un principio, deciden jugar todas sus cartas a la crónica.
En casos impares (Josep Pla, Álvaro Cunqueiro, Ramón Gómez de la Serna, Salvador Novo, Alfonso Reyes, Roberto Arlt), publicar en periódicos y revistas ha significado una escritura continua, la episódica creación de un libro desbordado, imposible de concluir. Para la mayoría, suele ser una opción de Lejano Oeste, la confusa aventura de la fiebre del oro.
Tal vez llegará el día en que los periódicos compren la prosa "en línea", a medida que se produce. Sin embargo, desde ahora es posible detectar la casi instantánea relación entre la escritura y el dinero, economías de signos y valores. Nada más emblemático que el poeta Octavio Paz trabajara en el Banco de México quemando billetes viejos, Franz Kafka perfeccionara su paranoia en una compañía aseguradora y William S. Burroughs escogiera el delirio narrativo en respuesta al invento del que derivaba la fortuna de su familia, la máquina sumadora.
La crónica es la encrucijada de dos economías, la ficción y el reportaje. No es casual que un autor con un pie en la invención y otro en los datos insista en la obligación del novelista contemporáneo de aclarar cuánto cuestan las cosas en su tiempo. Sí, la idea es de Tom Wolfe, el dueño de los costosos trajes blancos.
Estímulo y límite, el periodismo puede ser visto desde la literatura como el boxeo de sombra que permitió a Hemingway subir al ring, pero también como tumba de la ficción (cuando el protagonista de Conversación en La Catedral entra a un periódico, siente que compromete su vocación de escritor en ciernes y ve la máquina de escribir como un pequeño ataúd en el escritorio).
Comoquiera que sea, el siglo XX volvió específico el oficio del cronista que no es un narrador arrepentido. Aunque ocasionalmente hayan practicado otros géneros, Egon Erwin Kisch, Bruce Chatwin, Álvaro Cunqueiro, Ryszard Kapuscinski, Josep Pla y Carlos Monsiváis son heraldos que, como los grandes del jazz, improvisan la eternidad.
Algo ha cambiado con tantos trajines. El prejuicio que veía al escritor como artista y al periodista como artesano resulta obsoleto. Una crónica lograda es literatura bajo presión.
UN GÉNERO HÍBRIDO
Si Alfonso Reyes juzgó que el ensayo era el centauro de los géneros, la crónica reclama un símbolo más complejo: el ornitorrinco de la prosa. De la novela extrae la condición subjetiva, la capacidad de narrar desde el mundo de los personajes y crear una ilusión de vida para situar al lector en el centro de los hechos; del reportaje, los datos inmodificables; del cuento, el sentido dramático en espacio corto y la sugerencia de que la realidad ocurre para contar un relato deliberado, con un final que lo justifica; de la entrevista, los diálogos; y del teatro moderno, la forma de montarlos; del teatro grecolatino, la polifonía de testigos, los parlamentos entendidos como debate: la "voz de proscenio", como la llama Wolfe, versión narrativa de la opinión pública cuyo antecedente fue el coro griego; del ensayo, la posibilidad de argumentar y conectar saberes dispersos; de la autobiografía, el tono memorioso y la reelaboración en primera persona. El catálogo de influencias puede extenderse y precisarse hasta competir con el infinito. Usado en exceso, cualquiera de esos recursos resulta letal. La crónica es un animal cuyo equilibrio biológico depende de no ser como los siete animales distintos que podría ser.
De acuerdo con el dios al que se debe, la crónica trata de sucesos en el tiempo. Al absorber recursos de la narrativa, la crónica no pretende "liberarse" de los hechos sino hacerlos verosímiles a través de un simulacro, recuperarlos como si volvieran a suceder con detallada intensidad.
Por lo demás, la intervención de la subjetividad comienza con la función misma del testigo. Todo testimonio está trabajado por los nervios, los anhelos, las prenociones que acompañan al cronista adondequiera que lleve su cabeza. La novela Rashomón, de Akutagawa, puso en juego las muchas versiones que puede producir un solo suceso. Incluso las cámaras de televisión son proclives a la discrepancia: un futbolista está en fuera de lugar en una toma y en posición correcta en otra. En forma aún más asombrosa, a veces las cámaras no muestran nada: desde 1966 el gol fantasma de la final en Wembley no ha acabado de entrar en la portería.
El intento de darles voz a los demás - estímulo cardinal de la crónica- es un ejercicio de aproximaciones. Imposible suplantar sin pérdida a quien vivió la experiencia. En Lo que queda de Auschwitz, Giorgio Agamben indaga un caso límite del testimonio: ¿quién puede hablar del holocausto? En sentido estricto, los que mejor conocieron el horror fueron los muertos o los musulmanes, como se les decía en los campos de concentración a los sobrevivientes que enmudecían, dejaban de gesticular, perdían el brillo de la mirada, se limitaban a vegetar en una condición prehumana. Sólo los sujetos física o moralmente aniquilados llegaron al fondo del espanto. Ellos tocaron el suelo del que no hay retorno; se convirtieron en cartuchos quemados, únicos "testigos integrales".
La crónica es la restitución de esa palabra perdida. Debe hablar precisamente porque no puede hablar del todo. ¿En qué medida comprende lo que comprueba? La voz del cronista es una voz delegada, producto de una
"desubjetivación": alguien perdió el habla o alguien la presta para que él diga en forma vicaria. Si reconoce esta limitación, su trabajo no sólo es posible sino necesario.
El cronista trabaja con préstamos; por más que se sumerja en el entorno, practica un artificio: transmite una verdad ajena. La ética de la indagación se basa en reconocer la dificultad de ejercerla: "Quien asume la carga de testimoniar por ellos sabe que tiene que dar testimonio de la imposibilidad de testimoniar", escribe Agamben.
La empatía con los informantes es un cuchillo de doble filo. ¿Se está por encima o por debajo de ellos? En muchos casos, el sobreviviente o el testigo padecen o incluso detestan hallarse al otro lado de la desgracia: "Ésta es precisamente la aporía ética de Auschwitz", comenta Agamben: "el lugar en que no es decente seguir siendo decentes, en el que los que creyeron conservar la dignidad y la autoestima sienten vergüenza respecto a quienes las habían perdido de inmediato".
¿Qué espacio puede tener la palabra llegada desde fuera para narrar el horror que sólo se conoce desde dentro? De acuerdo con Agamben, el testimonio que asume estas contradicciones depende de la noción de "resto". La crónica se arriesga a ocupar una frontera, un interregno: "los testigos no son ni los muertos ni los supervivientes, ni los hundidos ni los salvados, sino lo que queda entre ellos".
OBJETIVIDAD
La vida depara misterios insondables: el aguacate ya rebanado que entra con todo y hueso al refrigerador dura más. Algo parecido ocurre con la ética del cronista. Cuando pretende ofrecer los hechos con incontrovertible pureza, es decir, sin el hueso incomible que suele acompañarlos (las sospechas, las vacilaciones, los informes contradictorios), es menos convincente que cuando explicita las limitaciones de su punto de vista narrativo.
Una pregunta esencial del lector de crónicas: ¿con qué grado de aproximación y conocimiento se escribe el texto? El almuerzo desnudo, de William S. Burroughs, depende de la intoxicación y la alteración de los sentidos en la misma medida en que Entre los vándalos, de Bill Buford, depende de percibir con distanciada sobriedad la intoxicación ajena.
El tipo de acceso que se tiene a los hechos determina la lectura que debe hacerse de ellos. Definir la distancia que se guarda respecto al objetivo autoriza a contar como insider, outsider, curioso de ocasión. A este pacto entre el cronista y su lector podemos llamarle "objetividad".
VIDA INTERIOR Y VEROSIMILITUD
Siguiendo usos de la ficción, la crónica también narra lo que no ocurrió, las oportunidades perdidas que afectan a los protagonistas, las conjeturas, los sueños, las ilusiones que permiten definirlos.
Hace unos meses leí la historia de un explorador inglés que logró caminar sobre los hielos árticos hasta llegar al Polo Norte. ¿Qué lleva a alguien a asumir tamaños riesgos y fatigas? La crónica evidente de los hechos, en clave National Geographic, permite conocer los detalles externos de la epopeya: ¿qué comía el explorador, cuáles eran sus desafíos físicos, qué rutas alternas tenía en mente, cómo fue su trato con los vientos? Sin embargo, la crónica que aspira a perdurar como literatura depende de otros resortes: ¿qué se le perdió a ese hombre para buscar a pie el Ártico?, ¿qué extravío de infancia lo hizo seguir la brújula al modo del Capitán Hatteras, que incluso en el manicomio avanzaba al norte? Tal vez se trate de una pregunta inútil. La rica vida exterior de un hombre de acción rara vez pasa por las cavernas emocionales que le atribuimos los sedentarios: los exploradores suelen ser inexplorables. Con todo, el cronista no puede dejar de ensayar ese vínculo de sentido, buscar el talismán que una la precariedad íntima con la manera épica de compensarla.
La realidad, que ocurre sin pedir permiso, no tiene por qué parecer auténtica. Uno de los mayores retos del cronista consiste en narrar lo real como un relato cerrado (lo que ocurre está "completo") sin que eso parezca artificial. ¿Cómo otorgar coherencia a los copiosos absurdos de la vida? Con frecuencia, las crónicas pierden fuerza al exhibir las desmesuras de la realidad. Como las cantantes de ópera que mueren de tuberculosis a pesar de su sobrepeso (y lo hacen cantando), ciertas verdades piden ser desdramatizadas para ser creídas.
A propósito del uso de la emoción en la poesía, Paz recordaba que la madera seca arde mejor. Ante la inflamable materia de los hechos, conviene que el cronista use un solo cerillo.
La primera crónica que escribí fue un recuento del incendio del edificio Aristos, en avenida Insurgentes. Esto ocurrió a principios de los años setenta del siglo pasado; yo tenía unos 13 o 14 años y tomaba clases de guitarra en el edificio. Por entonces, me había lanzado a un proyecto editorial en la secundaria, en compañía de los hermanos Alfonso y Francisco Gallardo: "La Tropa Loca", periódico impreso en mimeógrafo sobre la inagotable vida íntima de nuestro salón. Ahí yo escribía la "sección de chismes". Mi especialidad de gossip writer se vio interrumpida con las llamas que devoraron varios pisos del Aristos. Me encandiló ver las lenguas amarillas que salían de las ventanas, pero sobre todo el eficiente caos con que reaccionó la multitud.
Cronistas de la más diversa índole han descubierto su vocación ante el fuego: Ángel Fernández, máximo narrador del fútbol mexicano, recibió su rito de paso en el incendio del Parque Asturias, y Elias Canetti el suyo durante la quema del Palacio de Justicia de Viena.
Sí, el cronista debe ser ahorrativo con los efectos que arden; entre otras cosas, porque a la realidad siempre le sobran los cerillos.
# Extracto de "Ornitorrincos. Notas sobre la crónica", incluido en el libro Safari accidental, de Juan Villoro (Joaquín Mortiz, México, 2005). Tomado Revista de Libros de El Mercurio.
13 enero 2006
Ornitorrincos: notas sobre la crónica (Juan Villoro)
07 enero 2006
Memento: historia de una paranoia

Apareció sin avisar. Cargándome de visiones que no esperaba y de futuros inciertos, desesperados, traidores. Dobló la esquina vestida de inocencia, cuando caminaba entre la multitud de almas que pululada al son de los acordes electrónicos.
Maldita. Vino y se quedó, se aferró como un vampiro que desea chuparnos toda la sangre, un Duggu Van infiltrado en Santiago de Chile, a eso de las 17 horas, cuando el sol golpeaba aún con toda su rabia, riéndose de los deshidratados.
De pronto no había rostros, sólo una planicie olvidada; no habia manos ni espejos retrovisores, sólo una oruga muy peculiar que caminaba pegada a la pared, ranscando sus partes sin dolor y definiendo el ristmo de sus gemidos.
Me tomé de sus patas para ser llevado fuera del umbral cibernético y huir despavorido entre los miles de árboles de vidrió que, plantados como un borque regular, dificultaban la salida.
A medida que los troncos quedaban atrás, rápidamente los zombis se habían apoderado de las calles. Caminé en un ángulo cero, fórmula perdida en la historia de la geometría que me permitió pasar “in”-advertido de aquel trance mitológico.
Abordé entonces una punta de diamante que me llevó, con su verdor de pileta y café literario, más allá de las frontera de las aguas. Turquesas y cobre adornaron mi este escape novelesco por su morbosidad de sexo memorial.
Sólo sé que, mientras volaba entre otros helicópteros de tierra, tú estabas más allá, encriptada en otro tiempo, plastificada como una hoja seca, mirando con esa regularidad tan simbólica como geográfica, última cara de la cordillera que permanece inmóvil y perpetua, como mis ojos vaciós y un neumático que cayó desde las alturas, cuyo destino es rodar para siempre.
05 enero 2006
Tribulaciones de tono claro, incierto y existencial

Anatol se sirvió una copa de vino para materializar los hechos del día. Cansado ya de trabajar en un texto sin sentido, garganteó el blanco mosto encopado, cuya temperatura absorbió los últimos fantasmas de un olvido presencial.
Había llegado aquella tarde de su última labor secreta: mirar la caída de las almas después de picapedrear un teclado plástico con alambres rectilíneos y comunicantes.
Miró entonces aquel cuerpo tendido en una cama que le rememoraba un viejo amor, pero que se transfiguraba en una insistente picada de avispa emocional. No lo pensó. Sólo actuó. Se quitó la ropa, los zapatos y en el último tramo de su movimiento manual desenfundó un pensamiento tántrico y se abalanzó sobre su madura pubertad.
Las costuras de su vida estaban entonces en juego en un sólo instante. No había nada que perder. Aquella transición desde lo político a lo instrumental, le hacía divagar desordenadamente entre lo símbolos que sin duda aprendió con una fórmula matemática de los deseos. Era como si el núcleo que encierra el orden del significante, se hubiera convertido en una materialidad imposible de absorber en el significado.
Caminó por piedras de caldera, siguió en el infinito mundo de un viaje hacia la nada y pensó también en su propia Eneida, en un acervo poco diplomático para referirse a su conducta incipiente y universal, hasta que llegó al fin de la línea de ese tren que lo espera cada noche, tibio, estable, procedimental pero, por sobre todo, inmaterial y disonante como la muerte.
31 diciembre 2005
FAN, NAF, ANF, FNA, AFN, NFA: es lo mismo que Feliz año nuevo, en sus distintos órdenes

Comienza el sinuoso camino de los hechos. Altos y bajos moverán esa veleta incierta que gobierno nuestros pasos cotidianamente. Es el 2006. Hay elecciones, cierres de causas importantes en derechos humanos y corrupción, pero lo más importante es que el 2005, con su balance a veces insano, como un espejismo, dejó atrás el desagrado de las calidades humanas que se cayeron al tacho de la basura. La lista no es larga, pero importante. También hay otra, dedicada a mis amigos, a los que de verdad quiero.
Y otra, a quienes se borraron para siempre; que no existen, aún viviendo. Para ellos no hay habeas corpus de la memoria.
Este 2006 viene cargado de una energía calórica distinta; cromática distinta, afectiva distinta, laboral, y en fin. El cambio es un estado natural, siempre lo he sostenido. Por eso este 2006 he de recuperarlo como fórmula epistemológica que estuvo dormida por un tiempo.
Bien quiero agradecer a quienes estuvieron este año 2005 junto a mi, los que me criticaron, los que me apoyaron e incluso con quienes tuve profundas discrepancias. Todos fueron un importante factor para seguir adelante en momentos difíciles.
Por eso quiero desearles a todos, un buen inicio administrativo astrológico 2006. Que se cumplan los sueños, que nunca se olviden de tener uno nuevo por si el anterior no les resulta, que viajen como polizones de un barco, que descansen, que se enfiesten, que se emborrachen menos seguido de lo habitual y que hagan de sus trabajos, una forma de construcción de la historia.
Este posteo está dirigido a personas muy especiales. A saber Ermy Araya, silenciosa y ruidosa compañera de vida; Luis Narváez, sarraceno de lealtad inquebrantable; Andrés Rodríguez, mi hermano emprendedor; Andrea Chaparro, periodista de tribunales, a quien agradezco su atinada aparición; a Carlita Gallegos, mi “leche sur”, que con su humor “al máximo” alegró días grises y horas muertas.
Feliz año nuevo, nuevo año feliz, año nuevo feliz, nuevo feliz año, feliz nuevo año, tríada de palabras que, juntas o separadas, ordenadas o con un orden distinto, convocan al tiempo, convocan al cambio, convocan a una reflexión que comienza unas horas antes de la medianoche y que se va extinguiendo cuando la última hoja del calendario, como si se tratara de una piel, abandona el clavo que la sujeta, cae regular y volátil y se desintegra antes de tocar el piso. El reloj hizo su labor y nos trasladó, gratis, a una nueva etapa de nuestras vidas.
FAN (Feliz año nuevo)
25 diciembre 2005
El fin de la Navidad

El fin de la navidad marca el paso a una fecha verdaderamente importante: el año nuevo. Y este 2006 se prevé vendrá cargado de cosas, sobre todo la segunda vuelta entre Piñera y Bachelet que definirá, de hecho, el futuro laboral de muchas personas.
Pero lo que dejó el 2005, al menos en materia personal y que podría dar para jugosas historias en este blog, me las reservaré por ahora, sólo diciendo que el próximo tendrá un golpe de justicia (no periodístico, claro) y decisiones difíciles.
Este escrito tiene por objeto analizar también la navidad, que tiene una carga emocional difícil de subsumir en pocas líneas, pero que, para ser honestos con mis lectores, detesto. Sin embargo, no me explayaré sobre las razones ulteriores de esta molestia, sólo decir que a veces se me representa como todo el conservadurismo que no me gusta de Chile. Villancicos, ahora en todo tipo de versiones, incluso electrónicas, como “noshe de parz, noshe de amors”.
Por suerte esta etapa del año es fugaz, sólo dura un día, donde se debe desear “buenas fiestas” o “feliz navidad” a cada persona que uno conoce. Por mi parte, nunca he participado en el amigo secreto, que también no me gusta. Suelo elegir a quien destino mi dinero como señal de afecto. Este jueguito, no es una de ellas. Algunos me han dicho que me parezco al señor Scrooge, inglés egoísta y explotador que la noche de navidad es visitado por la muerte quien le representa en un viaje un tanto aterrador, todos sus miedos y sus demonios.
Esta navidad, por suerte, tomé ravotril. Me cagué a la muerte y no pudo visitarme, porque aún no está preparada para lidiar con estos nuevos fármacos contra la ansiedad.
En cualquier caso, el año nuevo no me lo pierdo. Me encantan los fuegos artificiales (partificiales, solía decir cuando niño), los abrazos, la champaña y las cumbias de Tommy Rey.
Para este 2006 espero también soltar y publicar mi segundo libro, para entrar de lleno en el tercero, que ya me tiene un tanto ocupado.
Y como no soy supersticioso, aprovecho antes de tiempo desearles a todo que la evaluación que hagan del 2005, antes de la medianoche del 31 de enero, sea buena, importante y que el venidero, sea mejor para todos. Incluso para aquellos que no gozan de mi simpatía ni mi cariño. Todos se lo merecen.
Feliz 2006