05 enero 2006

Tribulaciones de tono claro, incierto y existencial


Anatol se sirvió una copa de vino para materializar los hechos del día. Cansado ya de trabajar en un texto sin sentido, garganteó el blanco mosto encopado, cuya temperatura absorbió los últimos fantasmas de un olvido presencial.

Había llegado aquella tarde de su última labor secreta: mirar la caída de las almas después de picapedrear un teclado plástico con alambres rectilíneos y comunicantes.

Miró entonces aquel cuerpo tendido en una cama que le rememoraba un viejo amor, pero que se transfiguraba en una insistente picada de avispa emocional. No lo pensó. Sólo actuó. Se quitó la ropa, los zapatos y en el último tramo de su movimiento manual desenfundó un pensamiento tántrico y se abalanzó sobre su madura pubertad.

Las costuras de su vida estaban entonces en juego en un sólo instante. No había nada que perder. Aquella transición desde lo político a lo instrumental, le hacía divagar desordenadamente entre lo símbolos que sin duda aprendió con una fórmula matemática de los deseos. Era como si el núcleo que encierra el orden del significante, se hubiera convertido en una materialidad imposible de absorber en el significado.

Caminó por piedras de caldera, siguió en el infinito mundo de un viaje hacia la nada y pensó también en su propia Eneida, en un acervo poco diplomático para referirse a su conducta incipiente y universal, hasta que llegó al fin de la línea de ese tren que lo espera cada noche, tibio, estable, procedimental pero, por sobre todo, inmaterial y disonante como la muerte.

2 comentarios:

Paitoca dijo...

Soledad!, la pero compañera en noches de melancolía y tristeza... excelente texto Jorge.

José Luis Contreras Muñoz dijo...

Hoy he conocido varios periodistas -escritores
saludos